El mes del gran consumo transcurre con ese movimiento inusual y multitudinario que repercute en el comercio, los bancos, en las calles, en los planes familiares, en las expectativas. Diciembre se ha instalado desde mucho tiempo como el momento de mayor circulación de dinero en el año y la época en la que el gasto de los consumidores tiene la posibilidad de ampliarse, toda vez que el Estado y los organismos que lo integran y las empresas pagan hasta dos sueldos (entre mensualidades, haberes jubilatorios, planes sociales, etc.) y medio aguinaldo. En el caso de Tucumán, se estima que unos $ 4.000 millones serán volcados a los bolsillos de los asalariados y, de hecho al mercado. Son las Fiestas navideñas y de fin de año, los proyectos de vacaciones, algunas necesidades de compra postergada, lo que se conoce como "cultura navideña" en nuestras sociedades occidentales lo que estimula la demanda. Es también el gran mes del marketing comercial, que potencia todos sus mecanismos de identificación de necesidades y deseos con la estrategia comercial para impulsar descuentos, promociones, sorteos y ofertas de todo tipo para atraer a los clientes de distinto perfil y capacidad.
Podría decirse entonces que esta modalidad de compromiso salarial (especialmente en los años de crecimiento económico del país, como estos últimos), que se instaló desde fines de la década de 1940 en la Argentina y que, con la revalorización de las costumbres de las Fiestas Navideñas, una inclusión de sectores cada vez más amplio en la economía y el auge del marketing ha ido provocando una inusitada "fiebre" consumista (muchas veces superflua) que es capitalizada en gran medida por el comercio y el mundo general de los servicios.
Así, resultado también evidente que es el mes de mayor demanda de bienes (particularmente los transables) y de servicios y, como una suerte de ley natural de la economía, un tiempo proclive al incremento de los precios, a una escalada de la inflación, aunque también a un mayor rendimiento de la recaudación impositiva, precisamente por el incremento del consumo.
Pero a ese cuadro general habría que agregar que la economía argentina está envuelta en una escalada de incremento del costo de vida (promedio del 25%, según consultoras privadas), una pérdida generalizada de la competitividad y subida de los costos y, que en el caso especial de Tucumán, el panorama se completa con una caída general de sus principales producciones (azúcar, citrus y soja) que derivado en una retracción general de las distintas actividades económicas. Esa mezcla de alta inflación con una fuerte baja de los niveles productivos ha golpeado especialmente al comercio provincial que ha visto reducido sus movimientos y agrandado también sus costos.
Así, estas Fiestas pueden transformarse en un punto de recuperación para el sector del comercio, ante la enorme inyección de dinero, tras un año difícil. Pero no es menos cierto que esta sobreconcentración de fondos en unos cuantos días sensibiliza los precios, tensiona la oferta y la demanda y hasta provoca un caldo de cultivo añadido para estimular la inflación. En este punto, un momento gratificante para el asalariado y el comerciante puede derivar en circunstancias de angustias y daños para el destino del dinero o las márgenes de rentabilidad. Es de esperar que la moderación y la responsabilidad empresaria esté a la altura de la circunstancia y que por el lado del consumidor aparezca la prudencia en sus opciones de compra para no convalidar precios excesivos y ofertas engañosas. Y que el Estado también cumpla su rol de control, de árbitro y de vigilancia para que este movimiento financiero excepcional tenga un efecto revitalizador, virtuoso y sano sobre la economía de toda la sociedad.